Crónica: Aunque sabe que lo matarán, él insiste en su inocencia

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Crónica: Aunque sabe que lo matarán, él insiste en su inocencia
  • Crónica: Aunque sabe que lo matarán, él insiste en su inocencia.
  • El salvadoreño alega que la policía lo inculpó solo para no quedar mal.
  • Condenado de doble homicidio y de robo a mano armada, ahora está en el pasillo de la muerte esperando ser ejecutado o que ocurra un milagro que lo salve.

Un juez del estado de Georgia condenó a un salvadoreño a la pena muerte luego de haber sido encontrado culpable de matar a dos personas.

Joaquín Enrique Arévalo, de 44 años, es el único hispano de los 143 prisioneros en Georgia que están a la espera de pagar con su vida por haber cometido diversos crímenes.

El centroamericano actualmente se encuentra en lo que se conoce como el “corredor de la muerte”, el lugar de la prisión más próximo al cuarto donde se llevan a cabo las ejecuciones.

El incidente que lo involucró en este proceso judicial “horrible”, como él lo describe, ocurrió el 6 de abril de 1998 en un restaurante de la ciudad de Lawrenceville, en el condado de Gwinnett, donde trabajaba como mesero.

Arévalo, conocido en el restaurante como ‘KiKi’ fue acusado de haber matado a tiros a Marc Ratthaus, gerente del restaurante y al cocinero Adolfo González, tras haber sustraído al menos tres mil dólares en efectivo de la caja de seguridad.

Según el expediente del caso, Arévalo ingresó acompañado de otro sujeto, también latino por la puerta trasera del negocio, con la colaboración de David, su hermano mayor, quien entonces trabajaba en el restaurante y que también fue sentenciado a purgar 20 años de prisión por su complicidad.

El tercer sospechoso que solía identificarse con los nombres de William Zepeda y Ernesto Mejía, y bajo el alias “pelo suelto”, logró huir del país antes de que lo capturaran.

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Las pesquisa reveló de que el móvil del crimen fue el robo y las rencillas personales, ya que los tres conocían los lugares donde se almacenaba el dinero y las sumas que comúnmente se manejaban, y porque además Arévalo había sido despedido por insubordinación en días previos al suceso.

El mismo David, quien fue acusado de haber dejado la puerta trasera sin seguro con la intención de que entraran a robar, inculpó a Arévalo, pero declaró ante la policía que fue Zepeda el que hizo los disparos y no su hermano, pero nadie le creyó.

El violento altercado ocurrió en abril de 1998 y unos meses después, Arévalo fue sentenciado a morir por inyección letal.

El Estado ha hecho por lo menos tres intentos por ejecutarlo, el último de ellos en 2015, pero la defensa del imputado siempre ha logrado detenerla. De hecho, hasta ha pedido que el caso se reabra y se realice un nuevo juicio, pero no ha tenido una respuesta aún.

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Árevalo. (Mario Guevara/MH)

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Luego de más de 21 años de estar encerrado en la Prisión Estatal de Diagnóstico, donde son recluidos los presos considerados de alta peligrosidad, especialmente los que han sido condenados a cadena perpetua y a la pena de muerte, Joaquín Arévalo aún insiste en su inocencia.

Desde su celda en el reclusorio de máxima seguridad en Georgia ubicada en la ciudad de Jackson (a unas tres horas al sur de Atlanta), mi compatriota me concedió una entrevista exclusiva.

Durante ese encuentro en 2012 me contó cómo la policía lo inculpó solo para no quedar como negligente ante la comunidad, según él, por no haber podido atrapar al verdadero asesino.

Hispano condenado a muerte
Así lucía Árevalo cuando fue arrestado por el doble crimen en Lawrenceville (Sheriff de Gwinnett)

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MundoHispánico (MH) ¿Cómo ha sido tu estadía en prisión durante todo este tiempo?

Joaquín Arévalo (JA): Creo que ninguna cárcel tiene porque ofrecer a sus internos una estadía gratificante, pero mi condición ha sido muy especial. He sufrido agresiones e irrespeto a todos mis derechos como ser humano. Ser condenado a muerte es muy duro en este país, somos vistos como lo peor, se nos trata peor que a las bestias. Mi caso es diferente, porque soy de los pocos que casi nunca reciben visitas. Mis padres me vienen a ver desde El Salvador una vez por año.

MH: ¿Puedes narrarme algunas de esas agresiones?

JA: Claro. En mi primer año de estar preso me enfermé, por la falta de higiene en la cárcel. Pasé durante tres días con una fiebre y un dolor de huesos que hasta gritaba pidiendo ayuda, y nadie me atendió, me sané de milagro.

Posteriormente el dispensador de agua que había en mi celda se tapó y comencé a llamar a los carceleros para que suplieran esa necesidad, pero no me hicieron caso. Después de varios días sin beber líquidos, me sentía débil y me vi en la necesidad de tomar agua del inodoro, solo que lo hacía antes de hacer mis necesidades fisiológicas, así pasé durante dos largas semanas.

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Lo último grave que me pasó es que como soy el único hispano en el pasillo de la muerte, un moreno (reo afroamericano) por diferencias raciales comenzó a provocarme. Yo lo ignoraba porque solo eran palabras, pero un día se me fue encima y como era más grande y fuerte me dio una golpiza que me mandó directo a la clínica del hospital. Lo triste es que nadie se metió a defenderme. Hasta entonces descubrí que aquí uno está solo en los momentos de necesidad.

Actualmente estoy con malestares en mis tobillos, creo que de tanto caminar en el asfalto porque es lo único que pisamos todo el tiempo. Pienso que los zapatos de militares que nos dan anualmente también han contribuido con esa dolencia.

MH: ¿Estás arrepentido de lo que hiciste?

JA: No, porque yo no hice nada. La policía de Gwinnett me inculpó porque no tenían a nadie más y como el caso fue sonado, no querían verse como negligentes.

MH: ¿Pero hay testigos que te acusaron, incluso hasta tu mismo hermano te incriminó?

JA: Es cierto, mi hermano habló más de la cuenta, pero porque lo presionó la policía. El único error que yo cometí es prestarle mi carro al sujeto que cometió los delitos. Él huyó en mi auto después del suceso y eso fue lo que me incriminó a mí. Por eso es que él huyó y yo me quedé, porque el que nada debe nada teme, pero me equivoqué, de mi casa me fueron a sacar para utilizarme de chivo expiatorio.

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MH: ¿Entonces te atreves a denunciar que se cometió una injusticia contigo?

JA: Desde luego. Primero no tuve un juicio justo, porque me condenaron sin la presencia de los principales testigos. Después el estado me pone unos abogados negligentes que en lugar de ayudarme se encargaron de inculparme más. Hasta que unos abogados genuinos se dieron cuenta de mi caso, fue cuando las cosas cambiaron. Ellos han aplazado mi ejecución dos veces. Hace tres meses hubiera muerto, pero ellos la detuvieron porque confían en mi inocencia.

MH: ¿Emocionalmente qué tan difícil ha sido para ti toda esta situación?

JA: Verdaderamente dura. Saber que mi vida depende de otras personas es doloroso porque no soy un criminal como ellos creen. Imagínate estar a unos cuantos metros de donde matan a los presos y ver como vienen a sacar uno por uno para ejecutarlos. Eso es martirizante, porque uno piensa que puede ser el próximo, sobretodo porque el mismo personal de la cárcel se encarga de hacer el escándalo, supongo que para atacarnos emocionalmente.

MH: ¿Cuántos compañeros has perdido de esa manera?

JA: Desde que estoy aquí he visto la muerte de 16 personas. Los llevo bien contaditos. La última fue en el 2005. Sus reacciones han sido diferentes, algunos ofrecen mucha resistencia antes de ser sacados de sus celdas, otros salen como si nada, hasta se han despedido de mí y de los demás compañeros. Otros han salido gritando pidiendo perdón y oraciones por sus vidas.

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MH: Que ha pasado por tu mente en esos momentos?

JA: Muchas cosas, la mayoría tonteras como intentar escapar. He pensado en todo, hacer un túnel, tomar algún rehén para huir, en fin muchas cosas, pero siempre caigo a la realidad de que es imposible, no se puede escapar de esta prisión, porque aunque pudiera salir del edificio, las dos inmensas vallas electrificadas que hay alrededor me impedirían avanzar.

MH: ¿Has pensado en el último deseo que le conceden a todo prisionero antes de morir?

JA: Realmente no, porque guardo la fe y la esperanza de que al final se resolverá todo y quedaré en libertad. Pero si de conceder deseos se trata, pues le pediría que desde ahora me permitan seguirme dedicando al arte, lo que hacía hace un par de años, antes que esta cárcel cambiara de administrador. Me gusta dibujar y pintar, eso me dio paz durante algún tiempo, hizo placentera mi estancia aquí, pero de repente el nuevo director me lo prohibió.

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Datos sobre Joaquín Arévalo

Joaquín Enrique Arévalo nació en 1978 en la ciudad de Jiquilisco, departamento oriental de Usulután (El Salvador). Por motivos del conflicto armado que se vivió en su país de origen en la década de los 80, Arévalo se mudó con sus padres para la capital salvadoreña en 1985, donde abandonó la escuela al nomás terminar su sexto grado, para dedicarse a la profesión de su padre, la mecánica.

En busca de una vida mejor, Arévalo emigró a Estados Unidos a los 19 años (a principios de 1997) donde se reencontró con sus dos hermanos que vivían en la ciudad de Norcroos (Georgia).

De inmediato comenzó a trabajar como mesero para el restaurante Tanners Chickens Rotisserie, que estaba ubicado entonces sobre la calle Indian Trail. Después de varios meses fue trasladado para la otra sede en Lawrenceville con el nuevo cargo de cocinero.

De ahí fue despedido el 29 de marzo de 1998 tras un incidente con su gerente. Supuestamente el 6 de abril, volvió a su antiguo trabajo acompañado de otro sujeto con la intención de robar, pero ya en lugar decidió vengarse por su despido y asesinó por la espalda a su ex jefe y a otro cocinero que presenció el incidente.

Ese mismo día fue capturado en su casa de habitación por la policía y llevado a juicio. Un jurado lo encontró culpable de los cargos en su contra y un juez estatal lo condenó a la pena capital. Arévalo es soltero, no tiene hijos y sus padres residen en El Salvador.

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