Crónica: Taxista hispano se la jugó por su familia… ahora enfermó de coronavirus

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  • Crónica: Taxista hispano se la jugó por su familia… ahora enfermó de coronavirus.
  • Raul Romero es taxista en El Bronx, enfrentó la batalla del COVID-19 por su familia, pero ahora necesita ayuda.
  • Cuando toca elegir entre vivir o comer.

Raul Romero es dominicano y taxista desde 1999. Su taxi y él superaron momentos difíciles juntos. En 11-S, la recesión y ahora les tocó enfrentar la pendemia de coronavirus.

Leyó todos los avisos de la Comisión de taxis y limusinas de la ciudad de Nueva York. A pesar de ser diabético, Raul se acogió a que es un servicio esencial y decidió seguir trabajando en medio del brote y los muertos en Nueva York.

No podía dejar de traer dinero a casa, su familia lo necesitaba.

Taxista hispano se la jugó por su familia... por Mario Guevara

Captura Twitter @byHeatherLong

Así que, aún asustado por este terrible enemigo invisible, Raúl Romero, ideó una estrategia para no enfermarse y poder seguir alimentando a los suyos. Su hija le compró Lysol, guantes y una máscara.

Era una cuestión de no poderse dar el lujo de no trabajar.

Sandra, su esposa, le dijo que no saliera. Ya se arreglarían con lo que ella ganaba como niñera en Manhattan. Raul llegaba ya a la curva de los 60, además estaba su diabetes… pero, al mismo tiempo, sabía que no la escucharía, este dominicano de corazón noble nunca se sacaría de la cabeza y el corazón que es el sostén de la familia.

Además, ahí afuera, también había gente que lo necesitaba.

“Mira, amor, si uso máscara y desinfecto el auto a cada rato, no va a pasar nada”, le dijo a Sandra. “Este es mi trabajo. Dependemos de eso”.

Ella sabía que Raul nunca se quedaría en su pequeño apartamento de dos habitaciones. Había muchas cuentas que pagar con COVID-19 o sin él. Raul le contó al Wahington Post que tenía muchos gastos: $1.100 del alquiler, $440 del seguro de automóvil y responsabilidad civil, $320 de tarifa de envío de taxi, $150 de estacionamiento mensual, $120 de factura de teléfono celular… y más cosas.

Sus hijas, ya grandes, también le pidieron que no saliera. Le prometieron buscar dinero donde y como hiciera falta. Pero Raul desoyó todo.

No lo dudó. A pesar del miedo al contagio y los pedidos de Sandra, se calzó la máscara y salió a las calles con su fiel taxi, su pequeño Toyota Camry.

Sus pasajeros eran, sobre todo, médicos y enfermeras que iban o venían del trabajo. Eso ya le ponía los pelos de punta pero, al mismo tiempo, sentía que colaboraba en algo. Se sintió casi heróico haciendo lo suyo en la pandemia. Hasta se inscribió para entregar alimentos a las personas mayores.

Después empezaron a pedir viaje personas asustadas que querian ir al hospital.

“Necesito hacerme un test”, le confiaron algunos pasajeros. Raul los miraba por el espejo retrovisor.

No todos seguían el protocolo de seguridad. Algunos no se tapaban la boca al toser.

Y llegó el 14 de marzo.

Su pasajero quería llegar al hospital, le dijo que había dado positivo al coronavirus. Estaba ansioso y asustado. Raul pensó en no hacer el viaje, pero no podía echarlo, la ética y las normas de los taxitas de Nueva York se lo impedían.

Se puso la capucha de la sudadera sobre la cabeza y afirmó su máscara. No podía evitarlo. Fue un viaje de 20 minutos, pero el dominicano sintió que era una eternidad.

Y cuatro días después, Romero empezó a sentirse mal. No había un termómetro en casa, pero Sandra y Raul sabían que tenía fiebre.

“Tómese el té, mi amor”, y ella le tendió una taza humeante de té con hierbas y ajo. “Esto le va a hacer bien”.

Sin embargo, el remedio natural originario de República Dominicana no fue suficiente con tamaño enemigo.

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