Crónica: Madre del infierno asesinó a sus bebés mientras cantaba canciones de cuna

  • Crónica: Madre del infierno asesinó a sus bebés mientras les cantaba canciones de cuna.
  • Rachel Henry, de 22 años, fue acusada el martes de asesinato después de que los cuerpos de sus hijos, de tres, uno y siete meses, fueron encontrados dentro su hogar en Phoenix, Arizona.
  • El padre, Pedro Ríos, y la tía abuela, Pearl Rebolledo Velazco, estaban en la casa pero no tenían idea de lo que Henry estaba haciendo.

Hermano, he tenido que respirar profundo antes de sentarme a escribir lo que te voy a contar hoy. La historia más terrible de la que he sabido desde hace semanas… la de una madre del infierno en Arizona.

Sucedió este lunes en Phoenix, en el hogar de Pearl.

La tía abuela Pearl tenía el cuidado temporal de los bebés porque Rachel es dependiente de la metanfetamina. Estaba en proceso eterno de rehabilitarse. Como echaba de menos a los niños, se había mudado de Oklahoma a Phoenix en junio para poder verlos.

madre del infierno

Phoenix Police Department

Ya era de noche. Rachel estaba en la casa con los niños acostándolos para dormir. Pedro y Pearl llegarían en unos momentos más.

Zane Henry, de tres años; Miraya Henry de un año y Catalaya Ríos, de siete meses se frotaban los ojos de sueño. Aquella noche sería mami la que les cantara una canción de cuna para dormir.

Rachel acarició la cabecita de Miraya. Pronto sería su cumpleaños número dos.

“Ya vas a cumplir dos años, cariño”, le susurró.

Zane sonreía. “Haremos una fiesta para Miraya, mami. Una fiesta con globos y dulces”.

Miraya sintió que mamá bajaba la mano de su cabeza a su cara. La miró inocentemente, esperaba una caricia.

Mamá había puesto su mano sobre su boca y su nariz. La niña no podía respirar y veía el rostro de mamá inclinado sobre ella. Como no podía moverse, intentó acomodarse para respirar bien y escuchar la canción de cuna que cantaba Rachel.

No pudo. Mamá no se movía y apretaba con fuerza. La angustia cambió la inocente mirada de Miraya por una de horror. Era demasiado pequeña para entender qué pasaba, pero su respuesta instintiva fue patalear para liberarse en busca de oxígeno.

Zane sí se dio cuenta de que mami estaba haciendo daño a su hermana.

“Mami, detente. Mami, ¡estás ahogando a Miraya! ¡¡Mami, para, por favor, detente, detente!!”, gritaba mientras golpeaba a Rachel intentado salvar a su hermanita.

Cuando Miraya dejó de patalear, Rachel supo que estaba muerta. Zane huyó de la habitación y corrió.

Mamá corrió tras él.

“¡Zane! ¡Ven aquí!”

Entonces llegaron Pedro y Pearl de la calle. Vieron a Rachel persiguiendo a Zane que correteaba por todos lados.

“¿Qué sucede aquí?”, preguntó Pearl con una sonrisa cómplice. Pensó que madre e hijo por fin jugaban como todas las madres con sus pequeños.

“Zane no quiere acostarse a dormir, pero ya es hora de que cierre los ojitos”, Rachel atrapó al niño, que luchaba por escapar de nuevo.

“¡No quiero! ¡No quiero!, ¡papá, abuela!”

Rachel lo agarró con fuerza. Dijo que lo llevaría arriba para hacerlo dormir y bajaría después a compartir con ellos.

El niño luchaba con todas sus fuerzas.

Pero Rachel lo puso en el suelo y se sentó a horcajadas sobre él. Le tapó la boca y la nariz con la mano, utilizando todo su peso sobre él para inmovilizarlo.

De nuevo comenzó a cantar una canción de cuna mientras su hijo la arañaba como podía para defender su vida.

El pequeño Zane también dejó de pelear después de un rato.

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