Crónica: Lo deportaron y murió a las pocas horas de regresar a su país

  • Crónica: Lo deportaron y murió a las pocas horas de regresar a su país.
  • Luis Alonzo Tábora es la triste noticia de la deportación estos últimos días.
  • Murió acribillado en un auto en el que viajaba a su pueblo en Honduras.

Luis Alonzo Tábora había subido al avión escoltado por agentes del ICE. Deportado, que era casi como decir “indeseado”, vuelta a empezar, de nuevo en Honduras.

Por lo menos volvería a ver a los suyos. Eso era lo que le mantenía la sonrisa en el vuelo.

Sintió un pico de angustia en el estómago, ¿qué iba a hacer ahora? Su vida en Estados Unidos había sido un sueño imposible, ¡pero nadie podría decirle que no lo había intentado!

Crónica: Lo deportaron

El vuelo se sentía como una burbuja en el tiempo. Arriba de las nubes todo lo que pasa abajo parece cosa de mentira. ¿No te ha pasado nunca? Cuando el avión despega y el paisaje se hace pequeñito, parece que los problemas se quedan allá, pegados a tierra firme.

Luis miró por la ventanilla. Nada, nubes y más nubes. Por un momento deseó quedarse ahí colgado en el aire para siempre.

Se arrellanó en el asiento. Estaba cómodo.

Cerró los ojos.

Volvieron a su mente los últimos días en Estados Unidos y la presión, el destrato, la angustia, la adrenalina. Si hubiera sabido que las cosas iban a ser así, quizá no lo hubiera intentado en primer lugar.

“Sí, tenía que hacerlo, carajo”… dijo entre dientes.

Es que en su pueblo natal no estaba tan bien como se podría estar.

¿Cómo iba a explicar por qué se fue? Aunque hubiera jurado a la corte en Estados Unidos que su vida corría peligro, no le hubieran creído. O no le hubieran querido creer, que viene a ser lo mismo.

Además, ¡tantos estaban en la misma!

Cuando le dijeron que iba a ser deportado sintió frío y calor. Frío porque sabía que volver no era la mejor opción. Calor porque volvería a ver a su familia y amigos. ¡Volver a casa!

La última mirada que le devolvió el agente de ‘La Migra’ no fue amistosa. Sabía que ni siquiera le hubiera importado si le gritaba que temía por su vida. Por eso… ni lo intentó.

El avión aterrizó. Un vuelo perfecto, las tripas que se encogen al tocar tierra y sentir la fuerza de los frenos en el pecho, en el cuello, en la mandíbula.

El carreteo final, cada vez más despacio hasta frenar.

Llegar. A. Casa.

Un escalofrío.

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