Crónica: ICE separa a bebés de sus mamás e impide que se reencuentren

  • Crónica: ICE separa a bebés de sus mamás e impide que se reencuentren.
  • Inmigración detiene en redada a madres lactantes y aún no las libera.
  • La historia de muchas mujeres que no saben si volverán, o cuándo podrán, ver de nuevo a sus hijos.

“Queda detenida”, le dijo el agente de ‘La Migra’. Ella le miró atónita y espantada.

Buscó una respuesta en las otras compañeras de trabajo, pero se veían igual de confundidas que ella.

Sintió frió trepándole por la espalda. Y con el miedo se dispararon dos pequeños chorros de leche materna de sus pechos. Madre al fin…

La vergüenza le quebró la voz. “¿Qué?”, acertó a pronunciar.

Pero no le explicaron más nada que pudiera entender. Todo eran empujones, gritos, pedidos de auxilio y hasta rezos.

“Camine, señora”, le gritó el agente del ICE.

Ella se preguntó a dónde. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era todo eso?

Crónica: ICE separa madre

Foto: AP

Se sentó en la camioneta como le indicaron y cerró los ojos. Sollozó un poco. Le dolían los pechos.

Pensó en su esposo. Quiso imaginar que estaba camino a casa, después de su turno de trabajo por la noche. Que llegaba a su puerta y entraba en casa.

Su hijo mayor sonreiría al despertarlo, feliz de verla y abrazarla, listo para un buen desayuno con mamá y empezar el día de colegio en su nuevo curso.

Pensó en su otro hijo, con aroma a sábanas frescas y transpiración de niño. Ojitos revoltosos que dormirían hasta más tarde, y que la llenarían de risas y amor hasta volver al trabajo.

Pensó en su bebé. “Mi bebé…”, y de nuevo saltaron chorritos de leche de su seno repleto. “Mi bebé necesita comer”.

Ella siempre llegaba cargada de leche materna para amamantar al chiquitín de la casa. Había llorado mares al separarse del pequeño para trabajar. ¡Solo quería tenerlo en los brazos y acunarlo! Sentir su cálida respiración ajena a todo.

Pensó en su esposo esperándola impaciente y asustado.

Él miró la hora. Era tarde. Hacía rato que había amanecido y ella no regresaba.

Su hijo mayor se fue al colegio con una mentira. “Mamá se quedó unas horas más, ya vuelve enseguida, hijo”.

Los dos pequeños eran demasiado pequeños, pero el bebé llevaba más de una hora llorando sin parar.

Sus tres soles. Sus amores. El todo por el que había soñado.

Y ella… su compañera fiel. Se habían venido juntos a Estados Unidos desde Guatemala para buscar, como tantos miles, un futuro.

Y dudaba de poderlo conseguir. Ya estaba en problemas. Tiene una fecha en la Corte en 2021 para ver si es deportado o no. Desde aquel arresto suyo la vida había sido más difícil. Por eso ella se fue a trabajar en la procesadora.

Y ahora ella no llegaba a casa.

Le subió un sabor amargo por la garganta cuando vio en las noticias la megaredada. ¡Eso había sido! ¿Y ahora qué?

Buscó a las vecinas para dejar los niños y comenzó su calvario.

“Puede hablar ahora”. El agente le alcanzó un teléfono con un gesto seco.

“Mi amor, ¿está bien?”, se escuchó del otro lado.

Ella no estaba bien. Sentía que se había muerto en vida. Le dolía cada músculo, la fiebre estaba comenzando a morderla. Pero lo que más le dolía era el permanente recuerdo de su bebé, de sus hijos, de su vida. Todo parecía un sueño. La realidad estaba dentro de aquellos muros donde se deprimía más rápido de lo que nadie podía sospechar.

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