Crónica: Historia de la embarazada más triste del mundo

Crónica: La embarazada más triste del mundo

Los “albergues” de inmigración están cada vez más abarrotados. Las mujeres embarazadas y con niños pequeños han generado una sobrepoblación en esos centros de detenciones.

Le temblaban las manos. Miró con cautela, en realidad no quería ver. Después todo iba a cambiar. Sentía demasiado miedo.

Abrió los ojos despacito. Dos rayas rosadas… ¡Estaba embarazada!

Sollozó en la poca intimidad del baño. Un río de lágrimas que la hacían sentirse aún más miserable. Sabía que nadie iba a apoyarla, mucho menos el papá del bebé.

Con solo 16 años, el mundo se le venía encima.

“¿Qué voy a hacer?”.

Pasaron algunos meses y empezó a notarse la barriga. Como era muy flaca, las vendas ayudaban, pero madre ya la observaba con desconfianza. Por supuesto el papá dijo que no era de él y que, ni modo, iba a hacerse cargo.

Sola. Se sentía sola. Estaba sola.

Cuando su madre descubrió el embarazo gritó, se tiró del cabello y la echó de casa.

Pero después volvió a abrirle la puerta para sacar su maleta y decirle que mejor se fuera a Estados Unidos con una señora que iba a pasar. Allí podría criar a su bebé y mandarle dólares. No podían hacer más por ella en casa.

Así que, con su poco equipaje, se unió a algunos otros migrantes y llegó a la frontera. No tenía más de 7 meses de embarazo, pero el camino fue duro. Entre el cansancio y el miedo, los dolores de parto pasaron inadvertidos hasta que sintió que ya no podía ni caminar.

Lo que pasó después fue como un mal sueño. Enfermeras enojadas, médicos que no le hablaban, sin preguntas, sin respuestas, con espanto y horror. Así la durmieron en una camilla y despertó llena de cables.

“Tuviste un bebé”, le dijo su compañera de viaje al despertar.

Lloró de nuevo el llanto que la diminuta criatura no tenía fuerzas para llorar.

Una semana después estaba de nuevo en camino. El costurón de la barriga, por cesárea de emergencia, le dolía y le tiraba de la carne en llaga pura. Los pechos eran un martirio de quemazón.

El bebé se prendía sin fuerza y le amamantaba cuando y como podía.

Nadie detenía la marcha por ella. Cada uno llevaba su esperanza con prisa por cruzar.

Ni hablar del cruce. Ella pensó que morirían, y que tal vez fuera lo mejor… estaba tan cansada.

Cuando los agentes del ICE los detuvieron al cruzar, sintió alivio. Ya no había que tomar más decisiones, solo quería que otro se ocupara, descansar, parar, dejar de sentir.

Y así la encontró la abogada Hope Frye en un centro de detención en Texas. Sentada en una silla de ruedas, muerta del dolor con su bebé diminuto en brazos.

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La abogada sintió piedad y la sacó de allí para llevarla a un lugar seguro donde pudieran atenderla.

Ahora están bien. Están en un lugar seguro y el bebé es el favorito de todos, según Frye.

Las agencias de inmigración están cada vez más abrumadas con la cantidad de inmigrantes detenidos.

La Patrulla Fronteriza (CBP), que es la primera en tomar a su cargo a los migrantes que cruzan sin documentos, debe entregar a los menores no acompañados a Salud y Servicios Humanos en 72 horas, pero la sobrepoblación es tal que a veces los niños como esta madre adolescente pasan semanas en esos centros familiares de detención, los mismos que el Gobierno llama “albergues”.

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