Coronavirus: EE.UU. prohíbe ingreso a extranjeros que visiten China

Agencia EFE
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Pero también hubo mucho comportamiento irracional: al pasar por una aldea, camino a la Gran Muralla, había un control de carretera que verificaba la temperatura de todos los pasajeros. Utilizaban un termómetro oral que solo se limpiaba mínimamente después de cada uso. Una gran manera de propagar un virus.

La Escuela Internacional de Pekín, donde iban mis hijos, fue una de las pocas en la capital, quizás la única, que permaneció abierta durante todo el brote de SARS, aunque las clases estaban más vacías, ya que muchos niños se habían ido a sus países de origen.

Durante todo el brote, se siguieron estrictas reglas: se les tomaba la temperatura a los alumnos al llegar a la escuela, no se compartía comida y se instaba a los padres a no dejar que sus hijos asistieran a clases si estaban enfermos. La maestra misma llevaba a los niños a lavarse las manos y se quedaba, para que no abrieran solo el grifo, sin lavarse.

Si una familia salía de la ciudad y regresaba, el niño tenía que quedarse en casa por un período prolongado antes de regresar a clase para asegurarse que no había contraído SARS en otro lugar.

Con esas precauciones, observé algo así como un milagro de salud pública: no solo ningún niño contrajo SARS, sino que ningún estudiante se enfermó de nada durante meses. No hubo virus estomacales ni resfriados comunes. La asistencia fue más o menos perfecta.

La Organización Mundial de la Salud declaró al brote de SARS como “contenido” en julio de 2003. Pero, oh, esos hábitos persistieron. Después de todo, las mejores defensas de primera línea contra el SARS o el nuevo coronavirus -o la mayoría de los virus- son las que nos enseñó la abuela y las que indica el sentido común.

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