Relación para cultivar
Columna invitada
Linda Carolina Pérez | 5/23/2012, 3:14 p.m.
Numerosos estudios han demostrado que niños y jóvenes se benefician ampliamente de la participación activa de sus padres en actividades escolares.
Los estudiantes con padres involucrados suelen tener mejor desempeño académico, tasas de graduación más altas y mayores posibilidades de ir a la universidad.
Sin embargo, los niveles de participación de los padres hispanos son bajos o inexistentes, según diferentes informes académicos. Basta con hablar con maestros o personal administrativo de escuelas con alta concentración de alumnos hispanos para corroborarlo.
Esta frustración que observé me llevó hace más de un año a estudiar las relaciones entre los padres hispanos, más en concreto las madres mexicanas, y las escuelas públicas. Mi proyecto se basó en teorías de la comunicación para analizar a las madres mexicanas como público de una organización, en este caso, las escuelas.
Los hallazgos de mi estudio fueron muy interesantes. Para las madres mexicanas, como para cualquier otro padre de familia, la educación es pieza clave para que sus hijos tengan un mejor futuro. Todas sueñan con que sus hijos sean profesionales. A todas las gusta el sistema escolar estadounidense y lo ven mucho mejor que al de su país. La mayoría aprecia el esfuerzo que hacen las escuelas para comunicarse con ellas y lamentan no hablar inglés para tener más contacto con los maestros.
Si bien están involucradas en la educación de sus niños en cuanto a que los ayudan con la tarea, los motivan a que sigan sus estudios y les inculcan el respeto y los buenos modales, a la mayoría de las mamás no se les ve en las escuelas, se comunican poco con los maestros y son escasas las veces que se ofrecen como voluntarias.
Más allá de barreras como el idioma o las obligaciones laborales, las madres enfrentan un obstáculo que es difícil de enfrentar: el choque cultural.
Vienen de una sociedad colectivista, donde hay un esquema de autoridad vertical. Al llegar a EE.UU. se encuentran con una cultura individualista, donde hay una filosofía en la que el niño es el centro de todo.
El problema se hace más profundo cuando las escuelas no saben de estas diferencias culturales y no se toman el tiempo para tratar de entenderlas.
Es cierto que los recursos de las escuelas son limitados y que la frustración que causa la actitud de algunos padres que dejan a sus hijos a la deriva es muy grande. Pero hay cosas que se pueden hacer.
Lo primero es darles una voz a las madres. Si se les da un poco de educación, se les explica lo que se espera de ellas y se les da la oportunidad de participar, ellas responderán de forma positiva.
Casi todas las madres que entrevisté me mencionaron su gusto por acompañar a sus hijos a la hora del almuerzo en la escuela. ¿Por qué no aprovechar ese momento para escucharlas y hablarles de la importancia de su participación en la escuela?
Como toda relación, la de los padres hispanos y las escuelas se debe cultivar. No es fácil, pero el éxito académico de los estudiantes y de las escuelas dependerá del trabajo en equipo entre la escuela y el hogar.







