¡A cambiar de nombre!
Mi columna vertebral
Armando Caicedo | 6/27/2012, 12:51 p.m.
¡Qué condena! la que padecen aquellas personas obligadas a cargar durante toda su vida con un nombre horrible.
Es que la misma ceremonia del bautizo parece la escena de una película sobre la mafia. Colocan a la indefensa criatura al borde de una pila, cual si se tratara del miembro de una banda rival a quien estuvieran a punto de consumir entre el agua, para interrogarla. La tierna víctima mira aterrorizada a esos tipos sospechosos que, a partir de ese día, está obligado a llamarlos “padrinos”. En seguida, a traición, le notifican que tendrá que soportar, hasta su muerte, el rebuscado nombre que sus tías se inventaron para desgraciarlo de por vida.
En mi vecindario conozco a un bebé, a quien le clavaron el nombre de Pioquinto en memoria de su abuelo materno. En plena ceremonia, los padrinos protestaron. “¡Que sea Pioquinto, pero combínenlo con otro nombre más moderno!” El cura por fin aceptó cristianizarlo con el cibernético apelativo de: “Pioquinto PuntoCom Pérez”.
En 2005 sucedió otro caso. Melissa Heuschkel, indecisa sobre qué nombre ponerle a su cuarto hijo, tuvo la peregrina idea de subastar el nombre en eBay.
¡Qué éxito la subasta! El ganador fue el Casino Golden Palace que le pagó a la madre $15,500 con la condición que el bebé llevara -de por vida- el nombre de “Golden Palace Benedetto”.
Inspirado en ese éxito, y con mi situación económica tan arrancada, decidí poner en subasta mi “cambio de nombre”. ¡Que fracaso! Apenas recibí tres propuestas, la más alta, por cuenta de un antro de bailarinas de tubo que se apiadaron de mis necesidades.
La rechacé porque a cambio de $25 dólares debía firmar mis columnas -por el resto de mi pinche vida- con el sugestivo nombre de “Armando Bellas Bailarinas de Tubo Caicedo”.
Otro caso es el de mi tío Urticario, a quien mi Diosito lo bendijo con catorce varones -casi todos parecidos a él, excepto cinco que se parecen a su compadre-. Para mantener el control en su casa, los numeró. Así cualquiera en mi familia sabe que “García Siete” es mi primo ubicado entre sus hermanos “García Seis” y “García Ocho”.
Otra historia que me ha conmovido hasta las lagrimas es el de una familia de gorilas (primos hermanos de nosotros los humanos). Cuando nació su bebé, papá y mamá gorila le examinaron el equipo de dotación, para comprobar el sexo de la criatura. Por tratarse de un varoncito lo bautizaron Ping-Pong. Más tarde, cuando este gorila se hizo célebre en Hollywood, los productores lo rebautizaron King Kong.
Esta historia de película me creó la duda ¿Es que uno puede cambiarse el nombre?
¡Si! En 49 Estados de Estados Unidos puedes cambiarte el nombre, por cualquier motivo, y sin mucho papeleo.
El problema es que bancos y otras instituciones gubernamentales te exigirán una “orden judicial”, para aceptar ese cambio, donde demuestres que no es para evadir un embargo, una deuda o una obligación de asistencia alimentaria.
Si después de explicar un millón de veces las razones para el cambio, por fin te autorizan, ahí empezará el verdadero vía crucis. Debes tramitar, de nuevo, todos tus documentos y registros frente a unos burócratas que te van a examinar -de arriba a abajo- como si tú fueras ese gorila de nombre Ping Pong, que decidió llamarse King Kong.








