¿Qué diablos es “disposofobia”?
mi columna vertebral
Armando Caicedo | 7/11/2012, 2:18 p.m.
En un baile de quinceañera, se me acercó una dama de voz gruesa y bigote aclarado con agua oxigenada. Como uno vive cabreado con tanto tipo extraño que ahora sale del closet, (algunos de ellos exhibiendo manías que ni yo mismo me imaginé que existieran) intenté escurrirle el bulto.
- Amigo periodista -me detuvo- ¿Te puedo hacer una pregunta íntima?
Yo, que para esos menesteres de la intimidad soy más tímido que una ostra soltera, me quedé paralizado.
- ¿Tú también padeces de disposofobia? –insistió la vieja.
Para ganar tiempo y no admitir mi ignorancia sobre el tema, improvisé mi mejor cara de cordero degollado. Pasé saliva y respondí:
Pues a veces sí, mi señora... aunque a veces no.
¡Decídase cretino! La disposofobia se tiene o no se tiene. No hay posiciones neutras. En materia tan delicada hay que definirse joven.
Lo único que se me ocurrió en ese embarazoso instante fue hacerle señal a la vicaria que la aguja de mi vejiga señalaba “full” y necesitaba encontrar un baño para aliviar esa urgencia tan humana.
- Corra, que yo lo espero en la puerta –le escuché gritar a la vieja.
Una vez entre el baño, me senté en la tasa del inodoro con la misión de hurgar entre el celular para averiguar qué diablos quiere decir “disposofobia”.
¡Milagro! En segundos, el “profesor google” me escupió 120mil respuestas.
Luego de leer, a toda prisa, siete largos artículos científicos... ¡Eureka! La dichosa “disposofobia” no es otra cosa que un problema psicológico que padecen muchas personas. Se trata de la manía enfermiza de acumular objetos inservibles.
Los científicos llaman a ese padecimiento “Síndrome de Acumulación Compulsiva”.
La gente justifica esa manía por el apego emocional que se le desarrolla hacia las cosas: “cómo los voy a botar si son todos mis cuadernos desde que entré a la escuela hasta que me expulsaron, en el tercer grado”.
También justifican la acumulación de objetos inservibles con el pretexto de “no los boto porque los puedo necesitar en el futuro” .
Con esa excusa peregrina... guardan las cajas de dientes de sus dos bisabuelas. Una media de lana virgen, cuya compañera desapareció veinte años atrás entre la lavadora. Una bolsa para agua caliente perforada, que necesita dos parches vulcanizados. Otra bolsa repleta de baterías agotadas. Una colección de discos de 78 revoluciones. Las cartas de amor de un calenturiento “de quien no recuerdo ni el nombre”. Las radiografías de la pierna, luego de aquella rumba caliente “cuando me fracturé la tibia”. Una caja de clips oxidados. Una muñeca de porcelana, calva, tuerta y con fracturas en el cráneo. Un betamax. Una colección de directorios de “páginas amarillas”. Y cajas y más cajas de OVNIS (“objetos vulgares no identificados”).
No obstante que mi visita al baño fue de carácter investigativo, me humedecí las manos, pues no quería dar mala impresión a la señora que me esperaba –cual centinela- frente a la puerta del inodoro.
Ya dueño de la suficiente información científica, encaré a la vicaria:
A propósito de su pregunta sobre la disposofobia, ¿qué me quería decir?
¡Ay! Que yo la padezco, señor periodista ¡Ayúdeme!
- ¿Y cómo se le manifiesta esa dolencia, mi señora?
- Mi marido es un inútil. Un bueno para nada. ¡Ay! Pero me siento incapaz de deshacerme del cretino.







