“Es que tiene carácter fuerte”
Agencia Reforma | 7/11/2012, 10:43 a.m.
Mi hija mayor pasó por los “terribles” dos años y se notó. De ser una bebé tranquila, pasó a los berrinches en el piso. Fuimos con una psicóloga infantil, quien nos explicó el proceso que vivía la niña y la necesidad de ponerle límites más claros. Volvió a ser la de antes.
Con mi hija pequeña no pasó igual. Nunca fue tranquila, al contrario, era muy inquieta, activa.
Llegaron los dos años y la etapa “terrible” se presentó. Cumplió tres, cuatro y nada que terminaba. Ella seguía con berrinches.
La psicóloga infantil nos recomendó corregir algunas actitudes como padres y le enseñó a tratar de canalizar su enojo.
Entonces, “sabiamente” mi marido y yo decretamos que tenía un carácter fuerte y que era enojona. Llegamos a los seis años.
Nuestra pequeña hija fue aumentando en enojo. No le pegaba a otros niños, no desobedecía a sus maestros. Simplemente se la pasaba enojada.
Nos preocuparon varias cosas: nunca estaba satisfecha ni con la ropa que se ponía, ni con el dibujo que hacía, ni con el baile que montaba. Terminaba llorando, frustrada.
En la escuela es de las más pequeñas de su grupo y siempre vimos normal que su aprendizaje fuera más lento en relación con sus compañeros.
Primero me di cuenta que no podía aprender correctamente ciertas letras: l, m, n, p. En un momento parecía que ya las dominaba y de pronto, al leer, no las recordaba.
Segundo, se distraía y empezaba a contar historias. Nos recomendaron en la escuela trabajar la concentración, pero en otras actividades no tenía problemas.
Es una niña inteligente, integrada, alegre. Sin embargo, algo no andaba bien.
Tuvimos una sesión con la directora de la escuela, intercambiamos los avances y problemas que habíamos detectado. Al final, nos recomendó una valoración general con una psicoterapeuta.
El trabajo de la especialista fue una bendición. Tal y como sabíamos, es una niña muy inteligente pero encontró algunos problemas en su percepción, por lo que le hicieron pruebas visuales.
En resumen, tiene un problema en el desarrollo de su capacidad visual e inmadurez en la coordinación entre su ojo y su mano.
No es que no vea, es que sus ojos no se coordinan adecuadamente. Esta situación generó problemas en su conducta.
Mi hija se daba cuenta de que no podía hacer ciertas cosas igual que los demás, pero al no entender la razón pensaba que “era tonta”. Le afectaba al leer, escribir, dibujar ciertas formas, manejar volumen de objetos. Entonces las evitaba.
Se dedicó a desarrollar estrategias de “sobrevivencia” para rescatar un poco su deteriorada autoestima.
Intentaba ser la más bonita, la más popular, la que ganaba en deportes, la que bailaba mejor, siempre en un afán de que la aceptaran.
Afortunadamente, todo puede solucionarse. Ahora está en terapia visual, multisensorial. Lleva dos días y está feliz. Dice que es una escuela padrísima.
No solo eso. Desde que la psicoterapeuta habló con ella y le explicó qué le pasaba, cómo iba a mejorar, cómo todos la íbamos a ayudar y, sobre todo, que su valor personal no depende de eso, mi niña es otra. Han disminuido muchísimo los episodios de enojo.













